
Caen las lunas ya cansadas
por las veredas de París
deslizándose brevemente antes
entre tu piel, mi silencio
y la mirada impune
Ven el ocaso
le sonríen al olvido
y se hunden indelebles
sobre la memoria
condenadas en lo eterno
En mis manos llevo lenta y minuciosa
los colores tambaleantes del ayer
las siluetas moribundas de esta herida
los oscuros huecos de la vida
y tu sonrisa incauta
Una lluvia de recuerdos
llena las huellas
y juega la noche
con las caricias tristes
la mirada pretérita
El beso dulce y etéreo de la muerte
una rosa blanca, el te quiero y un te veré pronto
las memorias olvidadas bañan serenamente
las viejas grietas de esperanzas
mientras tarde se hace noche en las veredas de París